Voy a perderme de este radiante sol sólo para escribir mi
nombre por última vez. Alejandrina. Saldré de esta miserable vida por unos
minutos quién sabe para qué, ni por qué, o mejor preguntarse por quién.
¿Alejandrina, vos qué hubieses hecho? De seguro hubieras nacido un primero de
marzo, como Dios manda. ¿Cómo hubieses dado tu primer respiro? Una inaugural
bocanada de aquellas para mí, que salí como violeta de tanta temprana presión.
Alejandrina sería una estrella de rock, le sentaría tan bien
la energía del cielo. A mí me encandila, no debo mirarlo fijo. Cantando bajito
mientras me baño, pero ella llenaría de hombres y mujeres un teatro porque
podría. Y quiere salir.
Pero tanto no puede, no. Murió cuando Agustina finalmente
nació, e inundó su cuna de miedos. Agustina soy yo. Agustina es esta personita
de piernas blancas y lunares varios. Agustina es débil, el verano le sienta de
pesadillas.
-Alejandrina, podrías enseñarme un poco sobre cómo vivir. No
seas tan egoísta.
-Agustina, pero vos naciste para morir. Para vivir ahogada
en fracasos, por creerte una calamidad. Por quererte tan poco. Explicame acaso,
cómo llegaste al punto de creer hablar conmigo si nunca me permitiste vivir.
Un día Alejandrina me dijo algo tan cierto como punzante.
Ella era mordaz, le sentaba maravillosamente. Como les contaba, ella fue bien
recibida. Tuvo una infancia feliz, me atrevería a afirmar que reía
prácticamente en todo momento.
Alejandrina estaba muy enojada conmigo, siempre. No podía
concebirme. No puede captar mi negatividad, porque siempre vio la vida desde el
lado del sol.
No quiere desaparecer junto conmigo.