lunes, 4 de febrero de 2013


Voy a perderme de este radiante sol sólo para escribir mi nombre por última vez. Alejandrina. Saldré de esta miserable vida por unos minutos quién sabe para qué, ni por qué, o mejor preguntarse por quién. ¿Alejandrina, vos qué hubieses hecho? De seguro hubieras nacido un primero de marzo, como Dios manda. ¿Cómo hubieses dado tu primer respiro? Una inaugural bocanada de aquellas para mí, que salí como violeta de tanta temprana presión.
Alejandrina sería una estrella de rock, le sentaría tan bien la energía del cielo. A mí me encandila, no debo mirarlo fijo. Cantando bajito mientras me baño, pero ella llenaría de hombres y mujeres un teatro porque podría. Y quiere salir.
Pero tanto no puede, no. Murió cuando Agustina finalmente nació, e inundó su cuna de miedos. Agustina soy yo. Agustina es esta personita de piernas blancas y lunares varios. Agustina es débil, el verano le sienta de pesadillas.

-Alejandrina, podrías enseñarme un poco sobre cómo vivir. No seas tan egoísta.
-Agustina, pero vos naciste para morir. Para vivir ahogada en fracasos, por creerte una calamidad. Por quererte tan poco. Explicame acaso, cómo llegaste al punto de creer hablar conmigo si nunca me permitiste vivir.

Un día Alejandrina me dijo algo tan cierto como punzante. Ella era mordaz, le sentaba maravillosamente. Como les contaba, ella fue bien recibida. Tuvo una infancia feliz, me atrevería a afirmar que reía prácticamente en todo momento.
Alejandrina estaba muy enojada conmigo, siempre. No podía concebirme. No puede captar mi negatividad, porque siempre vio la vida desde el lado del sol.




No quiere desaparecer junto conmigo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario